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Perú: ¿Regresaron los pishtacos o los psico-sociales?Por Zoraida Portillo
Lima, noviembre (Especial de SEMlac).- "Tenga cuidado, ya vienen los pishtacos...", "no vayan, allí hay pishtacos". Advertencias como estas eran comunes para quienes nos adentrábamos en los parajes desolados de los Andes en busca de la noticia.
Corrían los años ochenta del siglo pasado y Sendero Luminoso (SL) se encontraba en su apogeo en el Perú. El mito de los pishtacos —personajes siniestros que se dedican a matar seres humanos para extraerles la grasa— resurgió con fuerza por esos años, especialmente en Ayacucho, la cuna de este movimiento subversivo, y tuvo muchas explicaciones antropológicas.
Una de ellas era que el mito, fuertemente arraigado en la cosmovisión andina, había sido recreado nuevamente por SL, con el fin de azuzar a los campesinos a enfrentarse a las fuerzas armadas. Así, el 'pishtaco' era blanco, fornido, usaba pantalones verdes, se cubría con pasamontañas y en lugar de cuchillo llevaba armas.
Es decir, el pishtaco podía ser cualquier soldado del ejército o de la marina que llegara a esos lugares ignotos. Y, para evitar que se llevara la grasa de los habitantes, había que matarlo. Y, por lo menos una vez lo hicieron, aunque la víctima no fue un miembro de las fuerzas armadas sino un comerciante albino que tuvo la mala fortuna de recalar en el pueblo de Santa Rosa, en Ayacucho. Después de eso, el mito de los pishtacos desapareció de los titulares de los diarios, pero no de la mente de los lugareños.
La tercera semana de noviembre, la palabra volvió a retumbar no sólo en los Andes sino en todo el mundo, cuando el jefe de la Dirección de Investigación Criminal, general Eusebio Félix Burga, dio a conocer la captura, en Huánuco, de cuatro integrantes de una banda dedicada a asesinar personas para extraerles la grasa corporal, que vendían a 15.000 dólares el litro. Huánuco es una zona 'caliente', ubicada en el límite entre los Andes y la Amazonía, en pleno valle del Huallaga; allí aún permanecen remanentes de Sendero Luminoso aliados con los narcotraficantes.
El "regreso de los pishtacos" conmocionó a la opinión pública. De ser cierta la información, era la confirmación de una leyenda que data de la época de la conquista, que siempre corrió de boca en boca, pero nunca había sido constatada: el general abundó en tantos detalles y hasta mostró un escalofriante video que no dejaba lugar a dudas, pero por momentos parecía no el relato de un hecho policial, sino de una película de terror.
Entre los detenidos hay una mujer: "María", alias de Enedina Estela Claudio. Conjuntamente con 'Marcos' (Serapio Marcos Veramendi) estaban en posesión de 15 litros de grasa humana. Una segunda mujer, Florencia Santa, aún está prófuga. Ellas eran las encargadas de "preparar" a las víctimas mediante un macabro ritual.
De acuerdo a lo declarado por Marcos —quien en ningún momento ha negado su autoría—, venían operando en los Andes centrales hace más de 20 años y sus víctimas son más de 60, aunque solo una ha sido confirmada, precisamente la que se encontraba en la vivienda donde se detuvo a los asesinos. Cabe remarcar que las desapariciones de personas en la zona donde operaba la banda han sido y son constantes. Muchas, en las últimas décadas, no han podido ser aclaradas hasta la actualidad.
¿Realidad o cuento?No son pocos los que desde los medios y la esfera pública han puesto en duda la versión policial y afirman que se trata de delincuentes comunes. Otros han denunciado el hecho como un "psico-social", es decir una cortina de humo para distraer la atención pública de problemas más importantes. Pero las evidencias presentadas —como los garfios donde presuntamente se colgaban los cuerpos, las botellas con grasa humana y la propia confesión de los delincuentes— parecerían sugerir que algo macabro existe.
El presidente regional de Huánuco, Jorge Espinoza, dijo a la prensa que no se trata de pishtacos, sino de asaltantes de caminos, y urgió a (la) policía a esclarecer los hechos cuanto antes "para evitar que se generen historias alejadas de la realidad" que perjudican aún más la imagen negativa del departamento. Los pishtacos en Huánuco solo son parte de la creencia popular o tradición andina, subrayó.
El médico forense Darío Ruíz Vera explicó en Radioprogramas que verificar si la grasa encontrada es realmente humana es un proceso lento y complejo, y que hay casos en que los restos óseos que se encuentran enterrados en lugares inhóspitos y que en un primer momento se cree que son humanos, luego de los análisis respectivos resultan ser de un animal.
Lo cierto es que el tema de los pishtacos ha sido siempre motivo de interés. La palabra proviene del quechua pishtay, que significa literalmente cortar en tiras. El cronista de la Colonia Huamán Poma de Ayala dice que es un personaje de la época de los incas, que utilizaba la grasa humana para hacer hechizos, mezclándola con plumas, oro y demás ingredientes extraños. También relata que tenía el poder de comunicarse con los demonios.
En algún momento de la Colonia el mito se convirtió en un rechazo al invasor: los pishtacos eran hombres blancos que raptaban indígenas para degollarlos y sacarles la grasa, que era enviada a España, donde se empleaba en la fabricación de campanas, la preparación de ungüentos medicinales y la lubricación de maquinaria.
"El pishtaco es uno de los personajes de mayor presencia en la narrativa oral andina", dijo a SEMlac el antropólogo Luis Torres. Es un personaje misterioso y solitario, que vive a grandes alturas de la cordillera, en parajes desolados, cerca de lagunas y caminos remotos. Pero su característica principal es que se trata de un hombre blanco, rubio, de ojos claros, añade.
Estas características han llevado a pensar que el mito del pishtaco se arraigó durante la colonia: los españoles eran blancos y despiadados con los indios, muchos no dudaban en matarlos y sus descendientes, aunque mestizos por haber nacido en el Perú, también actuaban de la misma manera. Además, hablaban una lengua desconocida para ellos, todo lo cual contribuyó a acrecentar la imaginación de una cultura muy dada a los mitos y leyendas, concluye.
Con el transcurrir del tiempo, el pishtaco también se 'modernizó'. El escritor indigenista José María Arguedas se refiere a ellos, en sus relatos, como desolladores de personas, que extraen la grasa humana para venderla y usarla en la lubricación de sofisticadas máquinas.
"Cuando yo era niña, mi abuela nos tenía prohibido salir más allá de las seis de la tarde porque decía que los pishtacos salían por la noche a atrapar a sus víctimas, ya que la grasa humana era buena para hacer andar los ferrocarriles", nos cuenta Carmen Lara, quien en esa época vivía en los Andes. Su abuela aludía a una creencia muy en boga cuando el ferrocarril central del Perú se hallaba en su apogeo, por los años veinte.
Y hasta 1974 esa creencia seguía en pie, según el relato de Federico Kauffmann, famoso historiador, quien escribió que según los indígenas la grasa humana era indispensable para el funcionamiento de la maquinaria fina emplazada en Lima y para mezclarla con la gasolina para hacer volar a los aviones.
En 1987, un rumor se propaga por Ayacucho y siembra el terror entre los ingenuos habitantes de la periferia: el presidente de la república (Alan García en su primer gobierno) había enviado cientos de pishtacos para extraer la grasa de los habitantes, que serviría para pagar la deuda externa.
Parece increíble que semejante rumor fuera tomado en serio, sin embargo, durante el apagón del 11 de setiembre de ese año, la gente aseguraba aterrorizada haber escuchado los alaridos de las víctimas de los pishtacos. Encendieron fogatas para defenderse y hasta se formaron rondas armadas para hacerles frente. No cabía duda: los pishtacos habían llegado a la ciudad. El asunto fue tan comentado que mereció una crónica del corresponsal de The Daily Telegraph.
"En la selva a nadie le asombran los relatos de los pishtacos. Hay una mezcla de rumores donde siempre aparece un hombre blanco, grande, de ojos claros. También se habla de personas desaparecidas, principalmente jóvenes. Después de haber recogido muchos testimonios y haber visto el horror de quienes lo cuentan, no nos queda la menor duda de que son tratantes de blancas", refiere a SEMlac Inés Gamero, ingeniera forestal que trabaja en la selva, al suroriente del país.
"Allí desaparece mucha gente, la mayoría jóvenes, especialmente niñas y adolescentes y te dicen: se la llevó el pishtaco; no tienen dónde reclamar, no saben dónde acudir y allí cerca está la ciudad Constitución, donde campea el narcotráfico, la prostitución y la trata de menores, no me extrañaría que los 'capos' mismos echen a rodar el rumor de los pishtacos", añade.
La aseveración de Gamero coincide con una teoría esbozada también por el antropólogo Wilfredo Kapsoli y que sociológicamente se podría resumir como la explicación andina a la introducción de elementos ajenos a su mundo, pero que se desbarata frente a las evidencias que ha presentado la policía nacional, porque los supuestos pishtacos son andinos y no blancos.
Estas evidencias tienen, sin embargo, un punto flaco que hasta ahora nadie ha sido capaz de explicar: el mercado al que estaría dirigida esa grasa humana. Según los delincuentes, tenía por destino Europa, y les pagaban hasta 15.000 dólares por litro, pues es muy apreciada en la fabricación de cosméticos y en la cura contra el cáncer.
La Asociación de Cosméticos de España se ha apresurado a declarar, en comunicado público, que ellos no usan grasa humana en su manufactura. Médicos peruanos han dicho que en la cura contra el cáncer tampoco se usa. La policía ha anunciado que presentará al supuesto nexo entre pishtacos y compradores: un ciudadano italiano cuya identidad no ha revelado.
Mientras tanto, la opinión pública se pregunta si estaremos ante uno de los más escalofriantes descubrimientos de este siglo o ante una enorme cortina, no de humo sino de grasa humana. |
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