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Cuba: Hemingway, Leopoldina, María Ignacia y yo (III parte)

Por Ilse Bulit

 

Ernest Hemingway.

La Habana, agosto (SEMlac).- Cuando en África conocí de cerca a la cantante Miriam Makeba, sus ojos alargados me devolvieron los de Leopoldina, esa amante maltratada por los saqueadores de la vida íntima del escritor Ernest Hemingway.

 

Esos ojos carmelitosos eran poseídos por las mujeres de la familia, pero ella fue la única dueña de la piel olivo envidiada por mí y definida por él con el ahorro de adjetivos de un periodista cuajado como corresponsal de guerra...

 

¿De qué hombre venía esa piel? Nunca lo supe. Mi abuela María Ignacia, lengua suelta para contarme las incidencias de las damas y señores retratados en la crónica social del habanero periódico Diario de la Marina, guardaba en caja fuerte los enredos de casa.

 

¿Y ella lo sabría? Porque esta medio hermana le llegó a principios del siglo XX, cuando ella ya presumía de su cintura de avispa, de su voz afinada y de su cadencioso paso en los danzones.

 

Al crecer, dejó de ser la mulatita alegre, compañera de estudios y juegos de las niñas ricas del actual Palacio Lombillo, de la Plaza de la Catedral habanera.

 

Las diferencias sociales las separaron, pero no perdió la simpatía y el apoyo ganado por la fidelidad de su madre, la criada Rosalía. Los Pedroso la situaron como aprendiza de alta costura en el taller de una afamada francesa ubicado en la calle Prado.

 

La Habana Vieja, bien apellidada como Centro Histórico ahora y potaje racial condimentado con el picante de los cubanos de paso o los habaneros de primera generación que no la cuidan, estaba por aquel entonces dividida, sin cerca electrificada por medio, en dos partes.

 

La calle Muralla —valga el nombre— era una especie de muro de contención. Con dos barrios ejemplificadores de estas barreras morales y moralistas: la del barrio de San Isidro, pecadora y rumbosa, con lupanares dispares, con su santo patrón, el chulo Alberto Yarini; y la otra, la del barrio del Ángel, con sus señoras y señoritas ricas o pobres, con conductas angelicales, por lo menos en las apariencias, y con su virgen patrona, la Cecilia Valdés.

 

Esos dos fantasmas, Yarini y Cecilia, pululan en novelas, obras teatrales, zarzuelas, filmes y —siempre misterio de potestades invisibles— provocan todavía discusiones y malentendidos cuando son tomados como base de estudio para comprender realidades cercanas.

 

El chulo Yarini, blanco y de alcurnia familiar, respetado y admirado por muchos en las primeras décadas del XX y todavía, fue despreciado por María Ignacia y Leopoldina, porque con la red de su sexo y personalidad indescifrable doblegó a las mujeres. Cecilia, la mestiza protagonista de la novela cubana cumbre del Siglo XIX, sí les ganó la admiración porque, como ellas, deseaba la mejoría financiera y social.

 

En San Isidro, en El Ángel, en toda Cuba, el dinero, el color de la piel, las costumbres morales dividían a los vecinos. Y por si fuera poco, se reflejaba en el gusto por el danzón o el son.

 

El danzón, el apropiado para las muchachas decentes en busca de novio prometedor, hacía fijar en mi abuela las miradas de los asistentes a una sociedad de mulatos tabaqueros. Y si después la oían entonar algún bolero venido de la lejana ciudad de Santiago de Cuba, olvidaban su nariz ancha, principal vestigio de la sangre negra porque con un peine caliente se aplacaban las "pasas", sinónimo criollo para el pelo rizado y encabritado.

 

Todavía los estetas del bisturí no modelaban narices a lo griego ni tetas turgentes. Todo era natural. El danzón permitía un ligero acercamiento en la pareja y así el elegante mulato Abelardo Peña y Moinelo, (El Abelardo venía del adorador de Eloísa, única cercanía con aquel amante modélico), cortejó a mi abuela.

 

Su padre era un gallego poseedor de siembras de tabaco en el cercano pueblo de San Antonio de los Baños y la madre, bella mulata esposa legal. Alto, esbelto, modales elegantes copiados de los blancos y con la cultura de los hacedores de tabaco, el sector obrero más desarrollado en aquellos tiempos.

 

Todavía por San Antonio se encuentran los Moinelo, reivindicadores de los genes que dieron altura a mi madre y que Leopoldina le admiró, mientras le criticaba el nulo producto que le extrajo a su belleza.

 

María Ignacia casó —así se decía entonces— con Abelardo, por la notaría y por la iglesia, con damas de honor inclusive y ataviada por las ricas Pedroso... Atracaba así al único muelle permitido a una mujer decente.

 

Corría 1912 y los ojos alargados de Leopoldina contemplaron esta escena de foto de álbum familiar. Mi abuela se dedicó a coser a señoras y señoritas sin estirpe, pero con padres y esposos de suficientes entradas financieras.

 

Una pianola presidía la sala, montada con cierto lujo. El trovador Alberto Villalón, de los Villalón con parque dedicado en el actual municipio del Vedado, tenía un puesto con salario y escasa responsabilidad física en una secretaría estatal cercana.

 

Hermanados por la trova, acudía en las mañanas a visitar a María Ignacia después de marcar el reloj de entrada en el trabajo fantasma. Lo atraían la visión de las bellas clientas que preferían el virtuosismo de mi abuela en la otrora moderna máquina Singer de lanzadera y, también, el regalo gratuito de las lisonjas sonorizadas.

 

Villalón era un viejo conocido. De los fundadores de la trova cubana, con apellido de mambises, con emparentados de posición reconocida y, de contra, blanco.

 

Mi abuela ya estaba embarazada. En la casa convivían su madre Rosalía y Leopoldina. Pero mi abuelo Abelardo insistía en que la estadía de aquel trovador, sin su presencia, lo deshonraba. Lo prohibió. Una mañana llegó y lo encontró rodeado de clientas embelesadas. Se armó Troya.

 

Esta anécdota la conocí en 1948, en los portales de Prado y Virtudes, donde ahora el Hotel Parque Central rompe la armonía arquitectónica de La Habana. Un envejecido Villalón, acompañado de un sobrino nieto —pues no podía andar solo por las calles— reía frente a mi abuela, recordándola.

 

Por poco ella pierde, en la trifulca de palabras, el embarazo de su hijo varón, malogrado en la adolescencia por una epidemia de tifus. Los disgustos con el esposo continuaron por causas parecidas.

 

Si él la había conocido ganadora en el concurso de danzón en aquella sociedad de mulatos, si él aplaudía sus interpretaciones y se enorgullecía de sus amistades blancas, ¿por qué le reprimía sus gustos?

 

Además, ella aportaba dinero al hogar, se pagaba lo que él ahora llamaba sus excentricidades, las revistas francesas de moda, las novelas de Hugo Conbay, de Zola, los rollos de la pianola, las idas al cine, al teatro. En las noches, la quería encerrada entre las cuatro paredes, mientras él disfrutaba de la libertad.

 

Y Leopoldina crecía, observaba y pensaba: ¿Este es el destino de las mujeres honorables? Y quizás, mi bisabuela Rosalía, primero tan orgullosa por la boda de su primogénita, también en secreto se lo preguntaba. Estaba enferma, pero vivió para obtener la respuesta.

 

La decisión de María Ignacia, que le hizo perder el favor de las Pedroso. Y la de Leopoldina. Actitudes distintas que, en el entonces silencioso barrio del ángel, les ganaron las miradas entrometidas e intolerantes del prójimo.

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