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Mujeres extraordinarias: Vivir y (ver) morir por la paz

Por Ana Valentina Benjamín

 

Buenos Aires, marzo (SEMlac).- Geraldine Lewis es una neoyorquina radicada en Madrid hace casi tres décadas. Tiene 73 años, aunque en persona no tiene edad, porque si bien su dolor es vetusto, su espíritu ostenta vigor adolescente.

 

Entre otros sucesos clave en la historia de los Derechos Humanos, participó en movimientos contra el armamentismo nuclear junto a Martin Luther King, contra la guerra de Vietnam, por la reconciliación definitiva en Oriente Próximo… Y en 2001 su hijo murió sepultado bajo una torre gemela.

 

Podría sentir furia, pero persiste en su lucha por la Paz. Estados Unidos le duele; ha sido su cuna, pero también su tumba, confiesa esta mujer extraordinaria que una vez a la semana, para despojarse un rato del duelo infinito, baila tango.

 

La paz como vocación

Una Geraldine de sólo 20 años comienza su carrera por la Paz mientras la Guerra Fría galopa su carrera armamentista. Son los bizarros años cincuenta, período sugestivo para Estados Unidos; cierta prosperidad económica convive con la guerra de Vietnam y el desarrollo de movimientos pacifistas.

 

En este contexto, una masa protesta frente a la embajada rusa en Nueva York por las pruebas nucleares que realizan los soviéticos. "Stop testing bombs. Our land is getting poisoned", se lee en enormes pancartas que portan seguidores de Martin Luther King.

 

Entre la multitud, destaca una bellísima mujer que luce un vestido rojo ceñido al cuerpo y un avanzado embarazo. Es Geraldine, con su primera hija en el vientre, quien no imagina la repercusión que tendrá su barriga bermellón. Los periódicos titulan al día siguiente: "Woman in red protests". Así debuta esta "mujer de rojo que protesta" como militante de la paz.

 

Durante los sesenta, Geraldine absorbe el clima de descontento social que sacude su país. En abril de 1968, Martin Luther King es asesinado; en junio, matan al hermano menor de John Kennedy, luego de que realizara una campaña contra la guerra.

 

Ni la firma, en 1968, del Tratado de No Proliferación Nuclear, ni la llegada a la Luna en 1969 distraen a los atentos. Geraldine está expectante y barrunta el exilio con tal de evitar que su hijo, en un futuro que no parece tan lejano (a juzgar por la salvaje política exterior imperante), deba alistarse.

 

Desde los claustros universitarios surge el mayor grito de protesta: en mayo de 1970, estudiantes de la Universidad de Kent State, Ohio, que se manifiestan contra la invasión estadounidense a Camboya, son asesinados a quemarropa por la policía.

 

"Eso me afectó mucho, very much", enfatiza Geraldine. "Fui al colegio de mis hijos a reclamar a sus autoridades que hicieran un minuto de silencio por las víctimas", comenta. Pero ninguna reivindicación era ya suficiente; sólo restaba hacer las maletas.

 

El exilio

Hacía tiempo que Geraldine pensaba en España; su cultura le atraía y la situación política colaboraba. "En esa época, Franco era un pájaro débil y eran tiempos favorables para los extranjeros".

 

Efectivamente, Norteamérica oscurece y España vive el fin de sus años oscuros. Geraldine ya es madre de tres cuando se marcha: Kathryn de 11 (hoy 49); Pamela de siete (hoy 45) y Adam de seis, que hoy tendría 44 si no hubiesen colapsado ciertas Torres…

 

En 1970, la familia se instala en Mojacar, sur de la Península, pero luego de siete años los hijos de la pareja vuelven a estudiar a Nueva York.

 

El varón con destino trágico pronto se perfila como un académico brillante: obtiene con honores la Licenciatura en Ciencias y concreta una intensa carrera en la Bolsa, hasta convertirse en vicepresidente de una importante compañía de servicios financieros, la KBW.

 

El puesto lo sitúa, a los 25 años, como un pujante empresario con despacho propio en el piso 89 de la Torre Sur del World Trade Center. Mientras sus hijos se forman en Estados Unidos, Geraldine, inquieta por naturaleza, se mete en el mundo de la Medicina China y la Astrología, y se involucra en la movida cultural madrileña con su único leit motiv: la paz.

 

También actriz y bailarina, pone su cuerpo literalmente a su servicio; crea espectáculos cuyo contenido estético expresa antibelicismo por todos sus poros.

 

A partir de los ochenta hasta la actualidad, Geraldine es imparable: con el fin de mediar en procesos de conciliación política y/o religiosa, participa en reuniones con influyentes líderes religiosos, autoridades políticas de primera línea y diversos personajes de alto perfil (la Reina Sofía de España y Yasser Arafat, entre otros).

 

Paralelamente, se dedica a la terapia craneo-sacral, que detecta y corrige desequilibrios en el sistema compuesto por cráneo y médula espinal. Guía a la terapeuta el mismo espíritu tenaz que a la pacifista, porque llegan a su consulta casos de extrema dificultad clínica que profesionales anteriores han catalogado como incurables. Geraldine recibe niños desahuciados y los devuelve a la vida.

 

La videncia del 11-S

El 11-S de Geraldine comienza 24 horas antes con una experiencia turbadora: tiene una videncia del atentado. El 10 de septiembre de 2001, se halla con una amiga en un bar, en una playa andaluza, cuando "repentinamente siento que me desvanezco, veo fuego, gente muriendo, mucha sangre…".

 

Define el shock —que dura unos ocho minutos, frente a comensales y camareros— como "un estado de tránsito"; reconoce que no ve detalles puntuales, pero la escena en su conjunto es idéntica a la que pronto verá el mundo entero.

 

Al día siguiente, Geraldine hace algo inusual en sus mañanas colmadas de trabajo: enciende la televisión. Ve el primer avión impactar contra la Torre Sur y llama a su hijo. Adam, desde su despacho de la torre intacta, le asegura que se trata de un accidente, que él está bien…; su madre le ruega que salga del edificio; "I love you mom", (I love you mom) susurra.

 

Geraldine no quiere retener a su hijo en las fauces de la tragedia y rauda cuelga el teléfono. El segundo avión da en el blanco y ambas torres arden hasta desplomarse. El teléfono suena y cuando Geraldine escucha la noticia, queda paralizada por el horror. Luego, su innato coraje la rescata de la parálisis y vuela a Nueva York.

 

Es obvio que vive un derrumbe como madre, pero debe reconstruirse para los suyos. "Era una pesadilla en la que mi familia actuaba como locos y yo mantenía mi fuerza".

 

La pregunta estalla, inevitablemente. ¿Qué quiere decir que la vida de una pacifista incorruptible se corone con la muerte de un hijo en un atentado terrorista? En realidad es el entorno el que pregunta; Geraldine nunca se hará preguntas sobre el lado oscuro de las cosas; persistirá, incólume.

 

Todos los días, sin excepción, alguna lágrima recuerda a Adam, pero inmediatamente remonta vuelo. Es una mujer de una profunda liviandad. Porque el dolor no la ha cargado de violencia. Es liviana porque se ha despojado del odio.

 

Una sola causa: la humanidad

En 2003, la diplomática palestina Lily Habash organiza una reunión de 12 mujeres con Arafat para interceder por la paz en Oriente Próximo. Geraldine es una de ellas. "La gente me pregunta por qué estoy dentro de la cultura que mató a mi hijo. Yo no pienso en que mataron a mi hijo".

 

En principio, esa es la verdad: ella no está segura de cuál es la cultura que mató a su hijo, si son quienes la prensa dice o el enemigo es interior … pero, sobre todo, su vocación pacifista no tiene credo.

 

Judía de origen, Oriente Próximo le preocupa, y del bando más conmovedor: "No soy pro-palestina ni pro-israelí; soy pro-Humanidad", afirma. Además, Geraldine no quiere hablar de culpables. "No es mi objetivo capturar a los culpables, ni tengo la necesidad de devolver el golpe. No es que no me importe; es que el pensamiento debe cambiar y he empezado por mí misma".

 

Aprender de Geraldine

Semanalmente hace algo que la distrae un rato: baila tango. "¡Ah, el tango, me ayuda mucho, I love it!". Verla bailar es un aprendizaje: se puede vivir la pérdida atroz de un hijo luego de toda una vida dedicada a la paz y aún así resistir en la danza.

 

Entrevistarla es otro aprendizaje. Le proponemos una situación hipotética: ella es la encargada de dictar un mensaje que llegará a los autores del 11-S. "Les diría: cambia de actitud, así de simple: en lugar de odio, amor; en lugar de violencia, paz".

 

Nos interesa saber si el cambio de actitud implica perdonar. "No hay que olvidar, pero es necesario perdonar; si no, la cólera queda en tu interior". Sus ojos cristalinos parecen enunciar que siempre merece la pena luchar, incluso si nada garantiza la victoria.

 

Como si su biografía entera fuese la síntesis del pensamiento de Luther King, revela: "Aunque supiera que el mundo se desintegrara mañana, yo igual plantaría mi manzano". A Geraldine, el mundo se le desintegró el 11 de septiembre de 2001. Y cada vez que estalla la violencia en algún rincón del mundo. Pero planta un manzano cada día.