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Criterios: Unas manos no son más que unas manos, pienso
Por Tacuazina Morales
A mi hermano Leo
Tegucigalpa, octubre (SEMlac).- Las que tengo enfrente: heridas,
astilladas, vueltas pedazos. Unas manos con dedos imperfectos,
quebrados por otras manos llenas de odio. Unas manos que sostuve
entre las mías de hermana grande, desde la cuna para que fueran
creciendo, poco a poco, para que moldearan su propia vida.
Unas manos que defendí para que pudieran crecer sanas, sin moretes,
ni golpes, para poder acariciar y abrazar la vida, para estudiar,
tomar notas y escribir. Unas manos para dibujar y sanar. Unas manos
para reír.
Ese mismo par de manos se defendieron sorprendidas, mientras
caminaban alegres a la par del cuerpo que las acompaña hacia la casa
de un amigo. Sólo pudieron formar un muro frente a los golpes y las
patadas de 20 policías. Dos manos contra 40 extremidades de furia.
Esas manos solo pudieron quebrarse por la violencia sin sentido, por
la violencia que se cree en el derecho de la razón.
Unas manos que ahora son yeso y están inmóviles, que nunca quedarán
igual, que tendrán que recorrer un camino largo de ida y vuelta para
curarse. Unas manos que son la cara angustiada de mi madre y su
pregunta ¿cómo te voy a dejar así? Unas manos que son mi rabia y mi
impotencia. Un dolor que explota en cada parte de mi cuerpo y que se
abre paso en mis entrañas. Sale, se retuerce, parpadea.
Pienso porque me duele tanto, y me imagino qué haría yo sin mis
manos. Sin los dedos que teclean estas notas, sin mi herramienta de
vida, sin mi voz. Sin todas esas manos que me sostienen: Las manos
de mi compañero y mi hija sobre mis manos consolándome, las de
Manitas Negras sobre mi espalda blanca, doliente, haciéndome llorar,
las de la Margarita que desde la computadora traducía a las otras
mis mensajes de auxilio y apoyo mientras sufría su propio dolor, su
propia pérdida.
Las manos de la hermana con nombre de abeja que cada día se
aseguraba de que estuviera bien. Las manos que sostienen la manta de
la solidaridad infinita de El Salvador, de Costa Rica, México, Cuba,
Argentina y Guatemala. Las de mis hermanas escritoras y la red de
araña paciente que han tejido mis hermanas y hermanos hondureños
desde esta resistencia. Las manos de mis ancestros, ancianas, brujas
y guías espirituales. Las manos de Obatalá y Oshún.
Esas manos quebradas son las de la resistencia. Apaleada, quebrada,
pero firme. Unas manos dignas que gritan un mensaje al mundo que no
escucha por ahora. Que cuidan y acogen, que acunan, se acurrucan,
cocinan, se levantan y abrazan. Unas manos que con paciencia, tiempo
y ternura volverán a curarse y a crear. Que no volverán a ser las
mismas. Que crecerán de otra forma, que sanarán más o menos, que se
extenderán al mundo. Que en sí mismas forman una voz. Que son miles
de manos y una sola.
Unas manos son todas las manos… |
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