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Cuba: El sabor de la libertad
Por Ilse Bulit
La Habana, octubre (SEMlac).- Mi amiga X probó la miel de la
libertad y quemó sus naves. Hablé de ella en esta red el 21 de
noviembre de 2008, bajo el título Discapacitadas cercadas por el
Amor equivocado. Estaba en Madrid con su guitarra, su voz melodiosa,
sus conocimientos académicos de música y su ceguera total.
Huía de su sacrificada madre. Quería freír unos huevos y saborearlos
quemados o no. Elegir una camiseta aunque el vocablo rojo sólo se le
asociara con el calor del fuego. Caer en una acera por equivocación
de su bastón, pero guiado por su propia mano o recibir un desprecio
o burla para enfrentarla con su inteligencia y posible ecuanimidad.
Quería ser ella. Alejarse de la sombra protectora de la familia. Con
la mejor de las intenciones, vivía enjaulada. Hoy es independiente y
arrostra los peligros de la independencia.
Anda con su guitarra en un metro europeo. En las noches, hila su
sueño profesional. Un sueño diminuto sin aspiraciones a premios
internacionales, ni escenarios de lujo. Integra un grupo de mujeres
jazzistas.
En su Habana natal, escuchó conversaciones con ese dejo lastimero
que tanto hiere, felicitaciones recibidas con ambigüedad por la
pregunta interna: ¿Felicitan mi interpretación o mi ceguera?
Los músicos ciegos están en un escalón superior dentro de los
invidentes profesionales. En viejos cuadros, en narraciones, aparece
la música endosada a la ceguera como si la falta de visión entregara
esta vocación a cambio.
Por los sonidos específicos de una determinada calle, como son el
ruido de una sierra, o el martilleo en un taller, el ciego
identifica su camino, pero como cualquier hijo de vecino, el oído
musical le puede ser negado.
Si ella hubiera escogido otra profesión, captaría conversaciones
desalentadoras, porque en la presencia de los invidentes se habla de
ellos como si no escucharan o carecieran de discernimiento.
A causa del paternalismo equivocado, se les desorienta respecto a
las profesiones y oficios de mejor acceso y donde se les asegure el
puesto laboral. Sus nombres se acumulan en estadísticas triunfales
de asociaciones, secretarías o ministerios, mientras se aburren y
marchitan en lugares donde no se aprovechan al máximo sus
habilidades.
El ciudadano común que ve, oye, habla y palpa, desconoce
características de los discapacitados, provocadoras de apreciaciones
erróneas. Sin maldad o con maldad, juzga y, con esa anticientífica
habilidad para las generalizaciones, los coloca a todos dentro del
mismo saco.
Cada mujer, cada hombre es diferente a los otros de su género.
Ocurre entre quienes pilotean aviones o "pilotean" ciclos adaptados
a sus muslos sin piernas. Los retos puestos ante las distintas
discapacidades, sí generan actitudes y aptitudes elaboradas
consciente o inconscientemente para saltar sobre las dificultades de
un mundo diseñado para quienes se consideran casi perfectos, por lo
menos en lo físico.
Ya me referí a las conversaciones mantenidas en la presencia de los
ciegos donde se habla de él o de otras cuestiones. ¡Y de las cosas
que se enteran por ese error, con inclusión de los líos ajenos!
Si comentan, los acusarán de chismosos y si opinan de estas
cuestiones, de agrios entremetidos. El vidente conversa con la
mirada puesta en el rostro del otro y así mide sus palabras de
acuerdo con las reacciones percibidas. Al ciego sólo le queda la
posibilidad de captar la reacción después, con la respuesta hablada.
A los sordos les va peor en estas evaluaciones. Sus ojos, medio
principal para robarse la realidad, se mueven inquietos de aquí para
allá, husmean por los rincones, tratan de leer en los labios. Y los
acusan entonces de curiosos, chismosos.
Cuenta una joven cantante, graduada en su especialidad vocal en el
más alto nivel, lo siguiente: Cuando niña, viajaba en ómnibus con su
madre hacia su escuela especial. Con la curiosidad infantil y ciega
total, tendía a tocar a los otros viajeros. Algunos, lo aceptaban.
Otros, no. Al crecer, escondió la costumbre que despierta cuando
entra en confianza con amigas y amigos.
En cualquier lugar desconocido, este discapacitado deslizará sus
manos por muebles, paredes, hambriento de texturas que le hablan
como los rasgos de la cara de aquel con quien conversa y desearía
conocer con sus sensibles dedos.
A los 51 años, recién inaugurada como ciega total, asistí a una
reunión de la asociación que nos agrupa voluntariamente. Una ciega
se acercó y me tocó la cara. Salté atrás, dinamitada por listas de
prejuicios.
Un ciego tardío no es igual a un ciego de nacimiento. Nunca he
sentido la necesidad de aprehender los sitios y las gentes con mi
tacto. Pido la narración de una voz inteligente. Mi archivo mental
de vidente, me permite imaginar, visualizar.
Los tabúes rigen también dentro de las comunidades con discapacidad.
Los sordos alientan a sus hijas e hijos sordos a buscar pareja sólo
entre los sordos. ¿Acaso el amor verdadero no es sordo y ciego a la
hora de los distingos creados por la naturaleza y la humanidad?
En estos vericuetos amorosos, salen dañados los discapacitados
nacidos en hogares que no los esperaban. Y, sobre todo, las mujeres.
Me contaba un amigo ciego como una madre racista rompió un ingenuo y
bello idilio, el primero, surgido en una escuela especial, entre una
chica de piel sonrosada y un muchacho de piel abetunada. Ahora la
muchacha termina la veintena sin debut en su clítoris. La familia le
busca su pareja ideal. Poseen holgura económica. ¿Se la comprarán?
Durante los primeros años de abierto el Centro de Rehabilitación de
Ciegos, sito en la provincia Habana, se celebraron bodas entre los
estudiantes. Ciegos y portadores de baja visión permanecían internos
durante los cinco meses de duración de los cursos.
Así, algunos regresaban a sus familias de origen con conocimientos
del braille, entrenamiento con el bastón, manejos de un hogar y
pareja incluida. Al igual que cualquier otro casamiento hecho por
embullo y el impulso de los demás, la mayoría se disolvió.
Con estas pocas razones expuestas, se comprenderá la decisión de mi
amiga X de no regresar a su cariñosa cárcel familiar. |
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