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Cuba: Agricultura, cosecha por partida doble

Por Dixie Edith

 

La agricultura cubana apuesta por la tecnología abriendo espacio para las mujeres.

La Habana, septiembre (Especial de SEMlac).- En el empeño por abrirse un camino hacia la eficiencia, la agricultura cubana apuesta por la tecnología. Al hacerlo también le está abriendo un espacio a las mujeres, quizás sin proponérselo.

 

Después de presentar alguna resistencia, el campesino Ignacio Lugones se dejó convencer por su hijo: salió de la finca de cultivos varios que atendía desde hacía seis años y le siguió los pasos a Sergio, el vástago, hasta las casas de cultivos protegidos del Proyecto Las Guásimas, de la Empresa Agropecuaria Habana.

 

Hoy, Lugones habla como un niño con juguete, a los 71 años de edad. "Llevo aquí poco tiempo, apenas un año, y ya he recolectado cinco toneladas de tomate en una casa de cultivo", cuenta.

 

"Es un trabajo precioso. El tomate se hace aquí mismo", confiesa a SEMlac en un recorrido por la casa de cultivo. "Tampoco acceden las plagas", afirma, mientras suda copiosamente.

 

Entre las tupidas mallas blancas que sirven de techo y paredes, hay un calor sofocante. Al mediodía, la temperatura supera los 40 grados centígrados. Pero el sol no castiga directamente a las plantas. Cuando los trabajadores respetan las normas tecnológicas, las casas de cultivo propician unos rendimientos impresionantes.

 

"¿Usted sabe lo que es recoger 3,8 toneladas de pimientos en una casa de estas? ¿Y otras tantas de pepinos y ahora el tomate?", interroga Lugones.

 

Lugones y su hijo atienden, cada uno, dos casas de cultivos protegidos, de las 18 que posee el Proyecto Las Guásimas.

 

La granja también dispone de una finca de cuatro hectáreas a cielo abierto, una casa de posturas, un área de lombricultura y ha incorporado, en media hectárea, otra de las tecnologías que gradualmente despliega la Empresa Agropecuaria Habana en sus instalaciones: el cultivo semiprotegido.

 

Cubiertos parcialmente por una malla oscura, estos canteros de hortalizas también ofrecen altos rendimientos.

 

Hasta junio, la unidad cosechó 80 toneladas en las casas de cultivos protegidos, 30 toneladas en el área semiprotegida y 40 toneladas en la finca, explica la ingeniera agrónoma Nora Elvis Saldívar, joven directora de la granja.

 

El impacto de la tecnología se observa en los costos. Aunque el gasto es menor en la finca a cielo abierto, cuando se relaciona con los rendimientos, el costo resulta más bajo en las casas de cultivo protegido (65 centavos por peso de producción), seguido por el cultivo semiprotegido o tapado (80 centavos por peso).

 

"Es el beneficio de la agricultura intensiva", afirma Saldívar. El rendimiento de las casas de cultivo protegido es de 150 toneladas por hectárea, mientras a cielo abierto es de 60 toneladas por hectárea.

 

Además del cultivo semiprotegido y con similar empeño, aplica también otras tecnologías y conceptos productivos como la finca, que busca una mayor identidad entre el productor, la tierra y su cosecha.

 

La empresa, que abarca cinco municipios de la periferia capitalina, ha tapado de manera parcial 60 hectáreas a lo largo de este año, informa el director de producción, Julio Rodríguez Bueno. La transformación se ha dirigido, sobre todo, hacia los llamados cultivos organopónicos de la agricultura urbana.

 

Un cultivo organopónico consiste en la producción de especies vegetales de ciclo corto usando sustrato orgánico en descomposición, previamente tratado, y biofertilizantes en vez de elementos químicos. Es ideal para espacios urbanos que no cuentan con tierras aptas para la actividad agrícola.

 

El director general, Modesto Sánchez Balboa, confía en el beneficio del cultivo semiprotegido, combinado con la instalación de riego en 460 hectáreas, entre otros cambios. Con esas inversiones espera incrementar los niveles de producción de la empresa, que el año pasado cosechó 44.000 toneladas de viandas, hortalizas y frutas.

 

También se entusiasma Ramón Rodríguez, el jefe de la granja Primero de Mayo, del municipio del Cotorro, que incluye uno de los organopónicos más eficientes de la agricultura urbana habanera.

 

"Es posible duplicar los rendimientos con la introducción de un paquete tecnológico que incluye el riego por goteo, la malla y la incorporación de variedades de hortalizas de más calidad", asevera.

 

"Pero, además, al reducir las radiaciones solares y fraccionar las gotas de lluvia mediante las mallas con que se tapan los cultivos, permite adelantar las siembra y mantener la producción de vegetales como el pepino y el tomate, durante más meses en el año", detalla Rodríguez.

 

En una de las fincas en que está dividido este organopónico, Bernardo Peña Rivero dirige una brigada integrada por su esposa, un hijo y tres trabajadores más. Todos están estimulados por las cosechas que esperan bajo las mallas tendidas recientemente sobre sus canteros de pepino, acelga y tomate.

 

"Vamos a ver una mejoría considerable de la producción", afirma Peña, "porque hemos sembrado, además, variedades de alto rendimiento". En su opinión, podrían duplicar el resultado de la cosecha de tomate hasta 500 ó 600 quintales por hectárea.

 

El empleo de tecnologías le está abriendo a la agricultura un camino hacia la eficiencia, que parecía difícil, si no vedado, en la isla. La limitación de recursos era un obstáculo persistente. Pero esa novedad era previsible, a diferencia de otra de carácter más social que económico.

 

La introducción de técnicas propias de la agricultura intensiva ha propiciado una presencia más activa de las mujeres, incluso para dirigir, en un sector que les era tradicionalmente distante. El conocimiento ha ofrecido la llave.

 

La historia de la ingeniera Nora Saldívar, quien no alcanza aún los 30 años, lo confirma. Procedente de la oriental provincia de Holguín, llegó a la capital cubana en 2007, para trabajar en una granja de la Empresa Agropecuaria Habana.

 

Pronto el Proyecto Las Guásimas se vio urgido de especialistas y hasta allí fue Saldívar a ocuparse de orientar y vigilar las exigencias de la agrotecnia y la sanidad vegetal.

 

En apenas 24 meses, esta profesional pasó a dirigir el proyecto. A su lado, otra mujer, la licenciada en agronomía Yanet Tamayo, se desempeña ahora como especialista.

 

Sin embargo, solo ocho de los 42 trabajadores son mujeres y prácticamente ninguna se desempeña a pie de surco. Por obra y gracia de muchos años de herencia patriarcal, la agricultura ha sido uno de los espacios a los que, con más lentitud, han accedido las cubanas.

 

Pero el impacto de haberse convertido en la avanzada de la fuerza calificada del país, con más de 60 por ciento de los profesionales y técnicos, tenía que impulsar a las cubanas hasta el laboreo de la tierra.

 

Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas, al cierre del curso 2007-2008 egresaron de las universidades agrarias de la isla 729 profesionales, de los cuales 263 fueron mujeres.

 

La cifra aún no suma los totales de incorporación femenina habituales en las ciencias pedagógicas o médicas, donde las mujeres superan con creces al 50 por ciento de los graduados, pero indican que los prejuicios a la hora de acceder a determinados perfiles laborales se van borrando.

 

Para Saldívar y Tamayo, el bregar cotidiano en medio de tantos hombres les ha puestos retos altos.

 

"Parece que, como estaban acostumbrados a ser dirigidas por hombres, los trabajadores, al principio, pensaron que nosotras no íbamos a poner orden", cuenta Saldívar.

 

"Pero pusimos las cosas claras desde el principio. Aquí todo el mundo tiene que cumplir con su trabajo, si no, se van a trabajar a otro lugar", afirma.

 

Entre canteros de col, acelga y lechuga, Mario Coello, obrero agrícola del área de los cultivos semiprotegidos, ha recibido bien el mensaje.

 

"Los hombres somos un poco machistas y no nos gusta que nos dirijan las mujeres, pero ella es buena jefa y no me asusté cuando la pusieron. Alguien tiene que dirigir y no importa si es un hombre o una mujer", afirmó.

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