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Cuba: La chinita del columpio está en Gaza

Por Ilse Bulit

La Habana, enero.- Sus ojos achinados llamaron mi atención. En un jardín, una linda niña se mecía en un columpio, mientras un perro salchicha jugaba a sus pies. Yo estaba recién mudada al barrio de San Agustín, en una Habana que comenzaba los años sesenta. No conocía a los vecinos. Después supe que "la chinita" —así quedó archivada en mi memoria— se llamaba Ana.

 

El salchicha era una salchicha y prodigaba cachorros, mientras su dueña crecía ante mis ojos. Ella eligió, como el hermano, la profesión del padre, la medicina. En las noches, éste les repasaba. Las voces se escuchaban en el jardín, donde el columpio permanecía solitario. No había tiempo para él.

 

Una tarde observé a la joven Ana en conversación baja con otro joven de piel aceitunada. En los barrios de La Habana, las noticias corren con el viento llegado del mar. "La hija del médico tiene un novio jordano", se comentaba. ¿El se quedará en Cuba? Por supuesto, ¡no! La chinita marchó con su esposo cuando él terminó su servicio social y se fueron a Gaza.

 

Otra mudanza me alejó de la cuadra, sus vecinos y sus comentarios. Esporádicamente, hablaba con sus padres. La chinita del columpio, junto a su esposo —médico también—, sabía de curar quemaduras producidas por las bombas y de vivir en espera de ataques sorpresivos.

 

Del jardín desapareció la generación de los perros salchichas. Las lluvias y el tiempo destruyeron el columpio de madera. Mientras, las guerras y sus odios seguían en pie...

 

Ahora, en el jardín, están los dos hijos de aquella chinita: dos jóvenes apenas salidos de la adolescencia, Sami e Ismail. Cuentan que sus padres están en la franja de Gaza, que saben de ellos esporádicamente, cuando ella llama por teléfono (¡a saber cómo!). Los dos muchachos estudian medicina.

 

"Más de 1.000 muertos en Gaza", se lee en un titular. Agregan que más de 300 de los fallecidos son niños y 75, mujeres. La chinita y su esposo se mudan y se unen a otros matrimonios, un poquito más alejados de la zona bombardeada cada día. No tienen luz, ni gas, ni agua. En los cuerpos de los pequeños, que mueren a diario, coloco el rostro de una linda niña sentada en un columpio. A cada cuerpo mutilado de mujer, le coloco el rostro de la joven en espera del novio en el jardín.